LEYENDAS DEL CRISTO NEGRO

Posted by Gharibi dic 10, 2008 poesía | Un Comentario
LEYENDAS DEL CRISTO NEGRO

I

CAMINABA Jesús por la ciudad, llevando un gran martillo.

2 Y uno había en medio de la turba, el cual dijo: He ahí al Hijo del Carpintero. Y le pellizcó la mejilla,

3 Acontecido lo cual Jesús descargó el martillo en medio de su rostro. Y enfrentando la turba, dijo: Varón soy de verdad y de justicia, mas antaño fui golpeado y pellizcado muchas veces. Y como viese unos niños junto a él, dijo:

4 Cada uno de estos pequeños de gran­des ojos y pies desnudos, necesitará ma­ñana un martillo.

5 Entonces la plebe, y los borrachos, y las prostitutas vestidas de rojo, rodea­ron a Jesús.

6 Y una mujer de grandes labios, díjo­le: ¿Has venido a predicar la violencia? y replicó Jesús: No predico la violencia, porque la violencia está en la naturaleza de las cosas, y yo no soy ajeno a la natu­raleza de las cosas.

7 Y un borracho que había muerto a su hijo, dijo a Jesús: Hablas verdad, oh extraño; pues he ahí que anoche escuché el canto rojo del vino, y muerto he al hijo de mi corazón.

8 Mas Jesús, escupiendo en el rostro del borracho, habló en el lenguaje de las parábolas, diciendo:

9 Un hombre había que construyó su morada junto al mar, en el sitio más peligroso.

10 Y el tifón, y los animales del mar entraban en la morada, y grande mal había acarreado por su mano. Y él de­cía: ¿tengo yo la culpa de que el viento y las bestias del mar se asienten en mi casa?

11 Y dormía en el umbral de la casa, y holgábase en ella con las hijas de los pescadores.

12 Mas la sal y la muerte habían inva­dido el aire de la casa, y había putrefac­ción en sus cimientos.

13 Y los días del hombre fueron con­tados.

14 Por lo cual os digo, que aquel que buscare el peligro, lo hallará, Y aquel que caminare por entre pantanos, perderá la vida.

15 Oído lo cual, el borracho comenzó a azotar su cabeza contra las piedras.

16 Entonces uno de la turba dijo: Ho­micida es, Y quería llevarle ante los jueces.

17 Dícele Jesús: Desde la matriz de tu madre vienes cargado de culpas, ¿cómo juzgarás a tu hermano?

18 De verdad te digo, que para este oficio de perseguidor de hombres nece­sitas nacer dos veces.

19 Porque entre el perseguidor y el perseguido, ¿qué hay sino la letra muerta?

20 Diciendo lo cual, Jesús fuese por el camino. Y ninguno se atrevió a seguirle.

II

HE AHÍ que un varón cargado de púrpura caminaba a grandes pasos, empujando a la multitud.

2 Mírale Jesús y dícele: ¿De qué reino eres? ¿De qué principado de Oriente?

3 Mas el varón caminaba sin oír a Je­sús, el cual iba descalzo.

4 Tómale entonces Jesús del cuello, y dícele: De cierto, de cierto, los días de tu reino están contados.

5 Volviose el varón cubierto de púrpu­ra a Jesús, echando por los ojos grandes llamas. Soy Príncipe de la Iglesia di­jo. Y pisando el pie descalzo de Jesús, díjole: Entre nosotros nada hay en co­mún.

6 Y sacó de su pecho una gran cruz, hecha del madero del olivo, diciendo: Por este Crucificado, retírate.

7 Mas he ahí que de pronto su mano comenzó a secarse, y desprendiose de su cuerpo como piedra de otoño; y hubo expectación entre las gentes.

8 Y como la cruz yaciera entre los pies de la turba, dijo Jesús: Al polvo vuelve, del que no debió salir jamás.

9 Porque, ciertamente, un día estuve loco, y ascendí a la cruz, y armé la mano de Longino. Y envié a mis hermanos al Circo, y fueron devorados.

10 Y los arrojé a la muerte, como Cé­sar o Atila; sus cadáveres apestaron los caminos de Roma.

11 Y he ahí que la Iglesia llenose de púrpura, a la sombra del que me negó tres veces bajo el canto del gallo.

12 Mas el Príncipe de la Iglesia no en­tendía las palabras de Jesús, y había pasmo en su rostro.

13 Entonces el Príncipe de la Iglesia se encaminó hacia el templo, llevando su mano seca y clamando: He ahí que la divinidad ha entrado en mi mano, y ella se ha secado como hoja de otoño. Milagro es, y santidad entre las gentes.

14: Entonces el Príncipe de la Iglesia fue santificado, y echáronse a volar las campanas del templo.

15 Y su mano seca fue guardada en un cofre y custodiada entre los tesoros del templo.

16 Mas Jesús fue apedreado en la pla­za de la ciudad; y estuvo tres lunas sin aparecer en la ciudad de los hombres.

III

ACONTECIÓ que andando Jesús, encontró un niño desnudo en la puerta del templo.

2 Su carne estaba reseca, y las moscas descendían sobre su piel como lluvia oscura.

3 Y he ahí que un varón de albas ves­tiduras apareció con un látigo en la mano, diciendo: Aleja tu suciedad de la casa del Señor. Mas el niño permanecía dormido, y el sol caía sobre su rostro.

4 Entonces dejó caer el látigo sobre la piel del niño, y habló a Jesús, diciendo: ¡Cuán duro menester es cuidar la casa del Señor! Y su rostro llenose de santi­dad, porque la Gracia había entrado en él desde la adolescencia.

5 Y los burgueses que entraban en el templo volvieron el rostro, diciendo: He ahí que está desnudo, y parece un pe­queño endemoniado.

6 Y cuando hubieron entrado en el templo, dijo el santo varón: Bienaven­turados los humildes, porque de ellos será el reino de los cielos.

7 Y bienaventurado el generoso, por lo que si tuviere dos trajes dé uno a su hermano; y si tuviere casa grande, com­pártala; y si tuviere dos zapatos, des­préndase de uno, porque es preferible andar cojo que caer en la ira del Dios justiciero; y si tuviere mujer hermosa, compártala; y esto decía porque com­partía las mujeres de los burgueses.

8 Y dijo el santo varón: Y el que es­candalizare a un niño, átese una piedra de tahona, y arrójese en las sombras del mar.

9 Porque aquel que no se pareciere a un niño, vagará solitario en la tierra; despreciado será, como saco de carbo­nero.

10 Dijo entonces Jesús, señalando al niño: Y éste, ¿quién es?

11 Respondió el santo varón: Cierta­mente, ese no es un niño; pues he ahí que los niños son blancos o rubios como los arcángeles, y aquel es oscuro de rostro, como los habitantes de la Gehenna.

12 Entonces los burgueses comenzaron a salir del templo, y quisieron escupir al niño oscuro.

13 Mas he ahí que el niño oscuro no estaba en la puerta del templo, y en su lugar había otro cuya piel era como el nardo bajo la luna.

14 Y habiéndose mirado los unos a los otros con estupor, preguntaron a un vagabundo si le había visto. Y dijo el vagabundo: De cierto, había un niño en la puerta del templo, oscuro como los pájaros de la noche; pero he ahí que un hombre triste le tocó en el rostro.

15 Entonces todos corrieron llamando a Jesús, mas no fue hallado en las cer­canías del templo.

IV

ERA alto el Juez, como los obeliscos, y sobrado de majestad. Y leía la letra de la Ley hasta el atardecer, porque creía en la majestad de la Ley por so­bre las cosas del mundo.

2 Y aplicaba la Ley cerrando los ojos, porque la majestad de la Ley era ciega, como los murciélagos.

3 Y dos hombres habían comparecido ante el Juez, y Jesús hallábase entre los vagabundos recogidos aquella tarde.

4 Y uno de los hombres había muerto a una mujer, y otro robado una oveja, y los ojos del Juez eran fríos como piedra de sepultura.

5 Y el que había muerto a la mujer tenía el rostro de los rufianes, y dijo: Hembra de fornicación fue, y ahora es muerta.

6 Y habíala despedazado, y arrojado su carne a los perros de la vecindad.

7 Dulcificose el rostro del Juez, pues el código de los hombres era suave para castigar la muerte de la mujer, porque, en verdad, la vida humana era barata desde el comienzo de los tiempos.

8 Y el Juez estaba lleno de sabiduría, y había leído en los libros que Cheops había muerto hasta ciento veinte mil hombres en la construcción de la Gran Pirámide.

9 Entonces abrió el código, y leyó la letra de la Ley, diciendo: Mala hembra fue, y condenó al rufián a permanecer seis lunas bajo la sombra.

10 Y el que había robado la oveja, di­jo: Hambre hube; y el Juez consultó el código, leyó la letra de la Ley, y dijo:

11 De dura entraña eres, porque la vida es fácil para el hombre, como para los lirios del campo. ¿Por qué has robado?

12 Y esto dijo porque estaba lleno de sabiduría, y había leído en los libros sa­grados, y condenó al hombre a dormir setenta veces siete lunas bajo la sombra. Y el Juez era alto, y sobrado de majestad, y era justo.

13 Mas el hombre que había robado la oveja lloró en el fondo de su corazón, y era corto de palabra. Y la mirada del Juez aterrábale en gran manera.

14 Entonces Jesús, alzando la voz, di­jo: Ciertamente, la Ley de Moisés era más justa.

15 Mirole el Juez, y vio que quien ha­blaba estaba entre los vagabundos, y grande ira asomó a su rostro, porque nadie sino él conocía la Ley.

16 Mas, sujetando su lengua, dijo: Juzgado serás por la letra de la Ley. Y respondió Jesús: Ya ti, ¿quién te juzga? Si nadie está por sobre ti en la Gran Ciudad, ¿quién te Juzga?

17 Jesús sabía que el Juez vivía entre los libros para engañar a los habitantes de la ciudad, y amancebábase con aque­llas, cuyos hombres había enviado a la sombra por innumerables lunas. Y dí­jolo.

18 Y los vagabundos miraban a Jesús con estupor, pues era uno de ellos quien así había hablado al Juez de la Gran Ciudad.

19 Entonces el Juez de la Gran Ciudad turbose, y su rostro se puso negro.

20 Mas he ahí que condenó a los vagabundos de la Gran Ciudad, y a Jesús que estaba con ellos. Mas nadie pregun­tó a Jesús quién era, porque había po­testad en sus palabras.

21 Y dijo Jesús: Día vendrá en que la Ley será quemada y quemados sus jue­ces. De cierto de cierto os digo, que una nueva Ley adviene, en la que el chacal verá reducida su cabeza.

22 Y quienes tuvieren sed de justicia, no morirán de sed, como yeguada en el desierto, mas su voz será oída entre los hombres.

23 Y el que se ensañare en su hermano, más le valiera tornar a la matriz de la que lo parió, porque no habrá gruta ni valle que lo esconda.

24 Y dijo al Juez: De verdad te digo que quien aplicare la Ley ahora, estará muerto para el día de mañana.

25 Entonces, palideciendo el Juez, co­menzó a dar grandes voces. Y de su boca manó sangre, y sus ojos extinguié­ronse como velamen quemado.

26 Entonces uno dijo a Jesús: Tú eres la Ley. Mas Jesús respondió: No soy la Ley, sino la Vida.

27 Entonces muchos comenzaron a creer en él; mas Jesús echose en el suelo y durmiose. Y aquella noche no lloró.

V

REVÉLAME el destino, dijo un hombre a Jesús en el pabellón del mer­cado.

2 Al abrir su diestra, la mano del hom­bre estaba llena de sombras, porque su corazón era sombrío como las mareas. Y la multitud los rodeaba.

3 Jesús volvió entonces los ojos a la parte baja de la ciudad, donde habitan los quirománticos y los augures, que leen el porvenir en el vientre de las aves.

4 Dícele el pordiosero: A ellos fui y he­me aquí vacío. Y había impetrado la gracia de los adivinadores del fuego, y de los astrólogos y gitanos que erraban en el mercado.

5 Habló entonces Jesús a la multitud, diciendo: ¿Conocéis el pasado? ¿Cómo pues habréis de conocer lo que vendrá mañana?

6 De cierto, de cierto os digo, el pasado y el porvenir son uno solo, y no es dis­tinto el gallo de vuestro corrales que el que cantó en los muros de Jericó el últi­mo día.

7 Porque el destino del hombre es co­mo un sueño que recomienza sin cesar, y acaba en la tumba, y un destino es semejante a otro como gotas de agua en la piedra del tiempo.

8 Y como hubiese un niño entre los circunstantes, le señaló, diciendo: Sus ojos son claros como los guijarros del río, mas día vendrá en que lloren sobre el polvo de la tierra; sus manos suaves como los lirios, arrancarán un día la entraña de su hermano.

9 Porque, ciertamente, Caín fue niño un día, y mamó del pecho de su madre, y amó a las zagalas de vientre moreno. Empero, su rostro tornose duro como cuerno de ciervo en la madrugada.

10 Como el hombre no entendiese las palabras de Jesús, dijo: Maestro, ¿cómo habría de ser yo y otro a un tiempo?

11 Respondele Jesús: De verdad, eres tú y tus antepasados giran­do en la misma noria; y eres como caba­llo que arrastra un carro de generaciones muertas, para morir al atardecer. Y vendrá entonces tu hijo y tirará del carro, y vendrá el hijo de tu hijo.

12 Y el ojo del niño habíase vuelto opaco, y miraba a Jesús como el ojo de Caín envuelto en tinieblas.

13 Sonríele Jesús, diciendo: ¿Dónde irá el buey que no are? ¿Dónde irá el hombre que no muestre los estigmas del hombre?

14 Y volviendo a un lado el rostro, dijo: Si viniere de nuevo el Hijo del Hom­bre, sacrificado será, y arrastrado como bestia de acemilero. Escrito está que el hombre sea un devorador del espíritu del hombre.

15 Porque vuestro destino está escrito sobre la piedra, como la huella del ani­mal primitivo en el muro del tiempo.

16 Y la lengua de Jesús era difícil, porque hablaba en imágenes, como los poetas.

17 Conmoviose el hombre y dijo: ¿Có­mo puedo cambiar mi destino? No ma­té, no robé, no forniqué con las hijas de la ciudad.

18 Respondiole Jesús: Te fuera más fácil romper el hueso de un rinoceronte, que cortar el hilo de tu destino, pues el hombre no es amo de su destino, sino su esclavo.

19 Mas adviene el día en que cambien los tiempos, y los hechos de los tiempos, y los hechos de los hechos de los tiem­pos, y el hombre será como trigo nuevo.

20 Porque, ciertamente, un día el hombre estallará como vino fermentado de bota vieja, su voz llenará el espacio como el canto de las espigadoras.

21 Entonces el hombre cayó de rodi­llas, diciendo: Señor, Señor, dígnate mostrarme ese día.

22 Dijo Jesús: Lo verás, como yo veo éste después de dos mil años, porque el espíritu del hombre es largo como un puente, que marca el fin de un camino y el comienzo de otro.

23 Iluminose el rostro del hombre, el cual tomando la cabeza de Jesús, clamó a gran voz: Maestro, de verdad, de ver­dad tú eres un puente.

24 Respondió Jesús: A fe de vagabundo que sí, y generaciones pasaron sobre mis lomos, mas heme yo mismo al otro lado del mundo.

25 Entonces la turba comenzó a mur­murar contra Jesús, Porque no entendía sus palabras, y tuviéronle por loco.

26 Y salió Jesús por la puerta del mer­cado, pues era ya la hora de nona; y sólo un hombre le seguía.

VI

ERA la víspera de Navidad y Jesús había descendido de los cerros; y he ahí que la ciudad estaba llena de luces encendidas por los Gentiles.

2 Y he ahí que un hombre cubierto de harapos huía de la multitud, la cual daba grandes voces, diciendo: ¡Al la­drón! ¡Vive Dios! ¡Echadle mano!

3 Y la multitud corría en la víspera de Navidad, y había gran algazara.

4 Púsose entonces Jesús delante del hombre, diciendo: ¿Temes que la tierra acabe bajo tus pies, que corres de aques­ta manera?

5 Detúvose el ladrón, y quienes le se­guían cubriéronle de escupitajos y de golpes el rostro, porque era la fiesta del Señor, y el robo estaba prohibido.

6 Y de entre los harapos del hombre cayó un pan, que era el pan de Navidad que preparan en la fiesta del Señor, y en su corazón había espanto.

7 Y como estuviese humillado, levantole Jesús, diciendo: ¿De qué le acusáis? Y la multitud, mostrando el pan, res­pondió a Jesús: Ladrón es, y hoy es el día del Señor. ¡Castigadle!

8 Jesús entonces preguntó al ladrón: ¿Por qué has robado? Y como guardare silencio, vio que el costillar de su cuerpo era delgado como el costillar de la muerte.

9 Y los que le perseguían eran gruesos, como gansos cebados o marsopas.

10 Y dijo Jesús: ¿Quién es el dueño de este pan? Y replicáronle: Aquel es; y mostraron un varón de ancho pecho, que era el burgués de la ciudad, el cual era rico por sobre todos los mortales de la ciudad.

11 Dijo entonces Jesús: ¿Por qué ro­baste sólo un pan? Y las gentes mira­ban a Jesús sin comprenderle. Mas, vol­viéndose al burgués de la ciudad, dijo: De verdad, de verdad, ningún hombre de pecho tan ancho entrará en el reino de los cielos.

12 Entonces uno de la multitud acusó a Jesús, diciendo: Predicas el asalto a la propiedad. Y respondió Jesús: Con dos manos le parió su madre, ¿por qué tiene por cien? Y mostrando al ladrón, dijo: Este nació con dos, y nada tiene.

13 Y otro interrogó a Jesús: ¿Quién eres? Y respondió Jesús: Antaño predi­qué entre pescadores, viví con prostitu­tas y vagabundos.

14 Entonces creyeron que Jesús esta­ba loco y quisieron apedrearle.

15 Dijo Jesús entonces al ladrón: Her­mano, ¿dónde vives? Y el ladrón señaló las aguas negras del río, bajo el puente.

16 Porque el hombre vivía solo, y era solitario como los muertos.

17 Dícele entonces Jesús: Yo también estoy solo en esta noche; celebraremos la Navidad juntos.

18 Entonces Jesús y el ladrón descen­dieron al lecho del río y celebraron la Navidad juntos.

19 Y aquella noche el ladrón lloró.

VII

VAGABA Jesús por la ciudad en la noche del sábado. Y he aquí que escu­chó el clamor de una turba que bajaba a la ciudad, arrastrando de los cabellos a un endemoniado.

2 Y viendo el endemoniado a Jesús, echose sobre las piedras, clamando: ¡Maestro! Y su rostro estaba lleno de angustia.

3 Y el endemoniado estaba desnudo hasta la mitad de su cuerpo, y alrededor de su ombligo movíanse los gusanos, oscuros como langostas.

4 Y dijo el endemoniado: Son los senti­mientos de mi corazón que descendieron hasta mi vientre; porque he ahí que en­tre mi vientre y mi corazón no hay muralla.

5 Y castigábale la multitud por sus grandes pecados, hendiéndole el rostro. Y los sacerdotes estaban a la cabeza de la turba como caballos enjaezados.

6 Y el oro de sus vestiduras y el un­güento de sus axilas, producían gran admiración entre la plebe.

7 Y los sacerdotes azuzaban a la plebe, diciendo: Heridle.

8 Mas Jesús tocó en el vientre al en­demoniado, y le dejó limpio, y el ende­moniado comenzó a alabar a Jesús en gran manera, y su rostro era bello y moreno ahora. Dijo entonces Jesús: ¿Por qué le herís? Limpio es por la ma­no que le ha tocado.

9 Viendo esto, los sacerdotes celebra­ron conciliábulo, diciendo: Cómplice es, apedreadle. Y esto decían respecto de Jesús. Y Jesús vestía el traje de los va­gabundos.

10 Y la turba estaba armada de pie­dras negras de río. Y uno había llama­do Barrabás, afeminado de rostro, el cual sostenía sobre su cráneo un bloque de granito. Dícele Jesús: ¿Dónde lo ha­llaste?

11 Y sabía Jesús que Barrabás traba­jaba en las canteras, por lo que díjole: ¿Tanto trabajo te das para aplastar la cabeza de tu hermano?

12 Oyendo esto Barrabás dejó caer los brazos, y la piedra desplomose sobre su rostro.

13 Acontecido lo cual acertó a pasar un piño de cerdos, camino de la feria. Dícele Jesús: ¡Cómo! ¿Vosotros no vais vestido de brocato? Y los sacerdotes mi­ráronse unos a otros porque habían en­tendido sus palabras.

14 Mas, mostrando al endemoniado, dijeron a Jesús: Entréganoslo, carne de abominación es. Y el endemoniado mi­raba a Jesús, y había gran tristeza en su rostro. Y dijo el endemoniado: Pe­cador soy, y estaba humillado en sus entrañas.

15 Oído lo cual, Jesús alzó la voz y dijo: Pecador es, él lo dice. Mas, ¿quién de vosotros no ha blasfemado en el tem­plo y defecado en sus altares? Y nada decís, retoños de ramera.

16 Y habíase encendido el rostro de Jesús, y alzando los ojos realizó un pro­digio en la noche del sábado.

17 He ahí que a la cabeza de la turba no estaban los sacerdotes, sino siete cerdos portando grandes candelabros. Y sus vientres cárdenos brillaban bajo la luz como pulpa desgarrada.

18 El piño destinado a la feria, empe­ro, estaba cubierto de pesado brocato, y las insignias del templo estremecíanse sobre sus ijares. Y a una señal de Jesús, el piño desvió la senda, buscando el ca­mino del estercolero.

VIII

DIJO el esteta, contoneándose: Creo en la Belleza, porque la Belleza es la última verdad del hombre.

2 Respondiole Jesús: Por la verdad fui crucificado entre ladrones, y subí al Monte de la Calavera; empero tú deam­bulas por la ciudad, lampiño como los dioses griegos.

3 Y al decir esto, Jesús comenzó a es­cribir en el asfalto del mercado, y era desconocida la lengua de su escritura.

4 Porque escribía en la lengua de sus mayores, en tanto la multitud caminaba con los pies descalzos sobre la escritura.

5 Mas el Esteta conturbose, y mos­trando a Jesús habló, diciendo: Cierta­mente, a ti te conozco, mas no conozco estos signos.

6 Respóndele Jesús: Quien no conoce estos signos, a mi no me conoce, porque entre los signos y el hombre no hay más distancia que entre un ojo y otro ojo.

14 Habiendo caminado el Esteta junto a Jesús, he ahí que encontraron un as­no muerto que mostraba los dientes.

15 Señalando las moscas que entraban por la boca del asno, dijo Jesús: De ver­dad, de verdad te digo, que en este asno muerto hay tanta poesía como en las golondrinas del cielo, y en los navíos del mar, y en las rosas de Jericó, la an­tigua, o en las mujeres que gozó David, mi antepasado.

16 Y aquel que no fuere capaz de ex­traer la poesía que duerme en el cuerpo de un asno, cosechador de apariencias es, y su mano se secará antes que sus ojos.

17 Y el Esteta, riendo entre dientes, dijo: En los establos está la belleza ho­gaño, y ahora pontificas, hijo de los es­tablos, porque, en verdad, Jesús había nacido en un establo.

18 Dícele Jesús: Sobre un asno entré en Jerusalem antaño; hubo quienes en­traron en carro de oro, más polvo son en el polvo del tiempo.

19 Entonces Jesús entristeciose de pronto, y no dijo palabra. Y entrando por la calle de los mendigos, se encami­nó hacia los cerros.

IX

EN el correr de los días, Jesús sento­se a la mesa del Anfitrión de la ciudad.

2 Y era de oro la vajilla, la mantelería traída de más allá del mar.

3 Y junto a Jesús estaban los grandes, y los jueces, y los sacerdotes, y los escri­bas con sus mujeres.

4 Y la servidumbre servía con majes­tad, como en los tiempos de antaño. Cantaba el vino en los corazones.

5 Mas he ahí que Jesús apartó de sí los manjares, y volcó la copa de vino ber­mejo, diciendo: Llenad la escudilla de vuestros perros.

6 Y alzando la voz, dijo: De cierto, de cierto, hoy beberé un vaso de vinagre.

7 Como oyese esto, el Anfitrión tornose pálido, y la sangre abandonó su ros­tro, y dijo: ¿Así pagas mi por mi pan y mi vino?

8 Respóndele Jesús: Dices mi pan y mi vino, y no enrojeces. ¿Quién te dio po­testad para que así hables?

9 Entonces los jueces y los escribas, y los grandes de la ciudad comenzaron a murmurar contra Jesús, y hablaron en­tre sí, diciendo: ¿Quién es éste que así habla?

10 Y dijo Jesús: Uno hubo que del agua trasegó vino, y multiplicó los pa­nes a los ojos de la multitud, y nada guardaba en sus bodegas. Cuanto dio salió de su propia carne.

11 Mas he aquí que vosotros estáis co­miendo de los muslos y los brazos de vuestros hermanos.

12 Y el vino rojo que lleváis a vuestros labios, como si fuese la lengua de vues­tras mujeres, no es sino el sudor de vuestros hermanos.

13 Y el canto que inicia el vino en vuestros corazones, no es sino el llanto de los que vagan hambrientos sobre la tierra. Y la tierra está yerma como pe­cho de viuda.

14 Porque la tierra fue hollada con es­cándalo, y en ella apacentasteis a vues­tras queridas.

15 Y los frutos de la tierra, escasos como las aves del cielo durante la tor­menta, los llevasteis al mercado como baúl de usurero, y recibíais cien y dabais uno.

16 Y exigíais en tributo un ojo de la cara, para que así el corazón no se ma­nifestase en la angustia del ojo.

17 Entonces dijo uno a Jesús: ¿No obedecemos la Ley, y pagamos diezmos a la iglesia, y damos dinero a los pobres en el día del Señor?

18 Dijo Jesús: ¡Putos e hipócritas! Hi­cisteis la Ley del tamaño de vuestras calzas, y ahora dormís junto a ella co­mo rameras.

19 ¿Qué podéis dar sino lo que desti­náis a vuestro estercolero?

20 Mas, de verdad, de verdad, el día viene en que el pedir y el dar no ocupen lugar en vuestra lengua.

21 Porque el hombre ha sido robado como hostería de ciego; vaga desnudo, y marcado en el paladar, porque pade­ció hambre.

22 Mas, ¿quién que tiene sed de justi­cia no anda magro por los caminos? La grasa que cubre vuestros cuerpos cons­tituye pecado, porque a costa de otros engrosáis, marsopas.

23 Cuando hubo hablado Jesús, he ahí que irrumpió un niño en la sala del banquete, y era seco como los espinos.

24 El cual, viendo los manjares, púso­se en cuatro pies y comenzó a aullar co­mo los lobos.

25 Entonces el Anfitrión arrojó al aire un pan, y el niño lo cogió entre los dien­tes, y comenzó a molerlo como piedra de molino. Y las muelas del niño pro­ducían un ruido semejante a la tempes­tad y a la tierra cuando se abre.

26 Entonces erizáronse los cabellos del Anfitrión, y dijo: Un extraño día se acerca. He ahí que un niño semejante a un molino crece sobre la faz de la tierra.

27 Y el niño comenzó a devorar la me­sa y los manjares, y los manteles traí­dos de ultramar, y cuanto había sobre ellos, y sus quijadas eran duras e impla­cables como la muerte .

28 Y hubo terror entre los circuns­tantes.

X

UN VARON patricio subió a la tribu­na del mercado, diciendo: Varones y hembras de la ciudad, mi corazón y mi rostro son puros como el oro que trae la arena del río. Y en verdad su rostro era rubio y era bello su rostro.

2 Y el varón patricio aspiraba a la pri­mera magistratura entre los magistra­dos de la ciudad. Mas aquellos a quienes hablaba estaban cubiertos de harapos en la ciénaga del mercado. Y Jesús esta­ba con ellos.

3 Y el varón patricio habíase vestido en la ciudad; y su presencia era como el sol en la sombra del mercado.

4 Y su hablar era dulce, como las féminas de oriente.

5 Y abríanse sus brazos sobre la mul­titud, porque decía amarla y extasiarse en el hedor de sus harapos.

6 Adelantose entonces Jesús, diciendo: ¿A nosotros amas? Luego no amas a los tuyos.

7 Uno hubo que amó a los hombres, y muerto fue. Tú, ¿por qué estás vivo? Y diciendo esto, volviose a la multitud, a la que habló, y dijo:

8 De cierto, de cierto, aquel que vive con el león, no puede amar a las ovejas sino para su provecho.

9 Y quien no mirare a éste como a león, y a sus hijos como cachorros de fiera, será piedra muerta en el cuello de su pueblo, porque el hombre débese a su origen, como el lobo a la manada.

10 Fue parido en igualdad, pero ofus­cole la riqueza, por lo que os declaro que no es llegada la hora de la paz, sino de la espada.

11 Pues he ahí que la riqueza endure­ció el corazón y tornolo frío como mira­da de muerto.

12 Alzó al padre contra el hijo, al hijo contra el padre, y la mujer abrió su ma­triz en la feria clandestina. Engendró sodomía en los varones, y hay olor a sangre en los siglos adjuntos.

13 Las rosas de Jericó, ni los ungüen­tos traídos de tierras de Cartago, pudie­ran limpiar la tierra de su hedor.

14 Y quienes derramaron sangre y echaron hedor, súbense ahora a la tri­buna del mercado, enjaezados como ca­ballos de reyes.

15 Si el murciélago vuela en la oscu­ridad sin tener ojos, ¿cómo no habréis de ver en medio del día? Dijo esto, por­que entre los presentes había quienes decían: Varón justo es, llevémosle a la magistratura.

16 Y habló Jesús, diciendo: Grabad, pues, estas palabras en vuestro corazón: El que no guardare lealtad al lecho en que fue parido, renegado es.

17 Y el que mejorase su comistrajo vendiendo a su hermano, hijo de rame­ra es, aunque su madre fuere mujer honesta.

18 Y el que abjurare o vendiere su ve­redicto, con sufrimiento morirá, empu­tecido en gran manera; pues, ¿cómo re­sistiréis a la bestia feroz?

19 De cierto os digo: Cuidaos de los que se cubren con vuestra piel, ensalzán­doos y llamándoos hermanos, porque la riqueza destrozó la familia en el mundo, y existen sólo el acuchillador y el acu­chillado.

20 Y os conjuro a no poner la otra me­jilla, como dijo Aquel cuyas carnes fue­ron desgarradas; porque vuestras meji­llas mudaron de piel bajo los golpes; mas la mano que golpea está encalle­cida.

21 De verdad, de verdad os digo, que antes es dable encontrar justicia en una piedra, que en el corazón de uno de ellos.

22 Así habló Jesús al pueblo en el Ser­món del Mercado.

XI

ACONTECIÓ que andando Jesús vio a una mujer vestida de rojo. Y tenía los ojos pintados, como las mujeres egipcias; y estaba desnuda hasta los muslos.

2 Miróla entonces Jesús, y dijo: ¿Qué haces, mujer, vestida de rojo en el um­bral de tu casa? Y Jesús era alto, y os­curo de tez y de miembros bien for­mados.

3 Entonces la mujer posó en Jesús los ojos y deseó a Jesús.

4 Y Jesús pensó en su corazón: A otra como ésta amé en otro tiempo; y Mag­dalena era su nombre. Y su trenza era oscura como la noche.

5 Entonces Jesús entró en la casa, y estuvo junto a la mujer, y amola.

6 Y aparecía hermosa en su desnudez; sus pechos eran húmedos, como el belfo del lobo nuevo.

7 Y habiendo visto en el muro un cru­cifijo, dijo Jesús a la mujer: ¿Por qué le tienes?

8 Aliado es respondió la mujer. Y al pie del crucifijo había una gran alcan­cía donde la mujer guardaba el dinero de su pecado.

9 Entonces Jesús volviendo el crucifi­jo hacia el muro dijo: De verdad, de verdad, a éste no le conozco.

10 Y habiéndolo dicho tres veces, es­cuchó el canto del gallo, y extrañó a Pedro.

11 Y la mujer arrodillose ante el cru­cifijo, llamando a los hombres de la noche.

12 Mas he ahí que de súbito entró un hombre armado, diciendo: ¡Hembra mía es! ¡Dinero mío! Y tenía el rostro hin­chado de los rufianes.

13 Dijo entonces Jesús, mostrando a la mujer: Con su cuerpo lo ha ganado. Y el rufián levantó el arma contra Jesús.

14 Mas Jesús permaneció inmóvil, y dijo: He muerto una vez antes que tú nacieras.

15 Y tomando el dinero lo dividió en dos partes, diciendo: Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios. Y habiendo entregado al rufián la mitad del dinero, puso la otra parte al pie del crucifijo. Y dijo al rufián: He ahí a tu aliado.

16 Creyéndole loco, el rufián pregun­tó a Jesús: ¿Quién eres? Porque el habla de Jesús era extraña, y el rufián no comprendía. Mas Jesús guardó silencio.

17 Y preguntó la mujer: Ciertamente, ¿quién eres?

18 Pero en el rostro de Jesús había tristeza, y volviose, y no dijo palabra.

XII

EN LA PLAZA de la ciudad había una multitud, y en medio de la multi­tud un hombre atado de manos y pies y su rostro estaba humillado en la tierra.

2 Y sobre los lomos del hombre había un perro negro, fornicándole.

3 Y la multitud azuzaba al perro, echando trozos de carne en las asenta­deras del hombre, e incitaba al perro.

4 Y habiendo comenzado Jesús a desa­tar al hombre, acercose uno de la mul­titud, y díjole: Tente, extraño.

5 Detúvose Jesús, diciendo: Hijo de varón y de hembra es, ¿por qué azuzáis a un perro sobre sus lomos?

6 Y el que hacia cabeza en la multi­tud, respondió: Mira su lengua.

7 Entonces Jesús separó las quijadas del hombre, y tiró de su lengua, y he ahí que tenia un alacrán en su lengua.

8 Y el que hacia cabeza en la multi­tud, dijo: Un alacrán ha crecido en la caverna de su paladar, porque su lengua es como fuego de avispero. Y he ahí que el perro está sobre él, porque el perro significa infamia.

9 Y una mujer se apartó de la multi­tud, diciendo: Virgen soy desde el vien­tre de mi madre, mas emputeciome a los ojos de los hombres. Y diciendo esto, la mujer lloró mostrando su matriz, y era virgen.

10 Y otra dijo: Escarnecióme, y mis hijas caminan con el rostro cubierto, co­mo hijas de vergiienza.

11 Y un tercero dijo; Hombre soy, y echó sobre mi frente el estigma de So­doma. Y mostró a su progenie, diciendo: He ahí mi simiente. Y el rostro del hom­bre habíase vuelto rojo como fuego de pedernal.

12 Mientras esto decía, el hombre, cu­yo rostro estaba en la tierra, movía su trasero en medio de la turba, como anca de hembra infame. Y sobre él estaba la hembra negra del perro.

13 Había permanecido cabizbajo Jesús, y en silencio; mas de pronto alzan­do los ojos habló a la multitud, dicien­do: ¡Oh, vosotros, hijos de la multitud, traed vuestros asnos y vuestros perros, porque de verdad, de verdad, la calum­nia es como viento de otoño que derriba las hojas!

14 Porque he ahí que la lengua de la calumnia es cual uña de leopardo que mata sin discernimiento. Y, de cierto, de cierto os digo, podéis defenderos del áspid y su colmillo, mas la lengua envenenada prevalece.

15 La lengua vil está cubierta de rosas, como los sepulcros, pero la podredumbre yace en sus resquicios.

16 Y muere el calumniador, pero su lengua sigue moviéndose como bastón de pordiosero.

17 Entonces Jesús llamó a los perros de la vecindad, y los azuzó sobre el hom­bre, diciendo: Carne negra es, como vosotros.

18 Y alejose Jesús, y sus pasos eran apenas perceptibles sobre la tierra.

XIII

ACONTECIÓ que en el correr de los días, un varón principal había tenido una visión.

2 El cual había visto en sueños un po­zo profundo que atravesaba los abismos de un lado a otro de la tierra.

3 Y el pozo era oscuro como piedra ne­gra, y en el fondo del pozo había un rostro. Y he ahí que ese rostro inquie­taba su corazón, porque estaba cubier­to de sangre.

4 Y dijo en el fondo de su corazón: De cierto, de cierto, he visto este rostro ha­ce dos mil años.

5 Y habiendo salido de su sueño, encaminose a las puertas de la ciudad donde moran los gitanos, y vio uno cuyo rostro era semejante al que había visto en el pozo.

6 Y el rostro que había visto era el de Jesús, que dormía en la carpa de los gitanos .

7 Y dijo a Jesús: En verdad, oh extraño, he visto tu rostro en otra parte. Y contó a Jesús la visión que había teni­do. Y creía que Jesús poseía el secreto de la adivinación, porque vivía entre los gitanos.

8 Entristeciose Jesús, y díjole: ¿Para esto me has buscado?

9 Dijo el hombre: Quienquiera que seas, fue tú rostro el que vi en el pozo, y tu rostro iba de un extremo a otro del mundo. De verdad, de verdad, Maestro, yo no te negaría tres veces.

10 Respóndele Jesús: Hombre soy, y dentro de mi vive la muerte.

11 Dijo el hombre: Pequé en mi juven­tud, y acumulé riquezas, despojé a mi hermano, y mi hermano vagó menesteroso por los senderos.

12 Dícele Jesús: ¿Por qué me llamas Maestro? De cierto te digo que mi oficio es vagar.

13 Dijo el hombre: Poseo tierras, y ani­males gruesos como mujeres henchidas por el amor, y moradas en la ciudad de los hombres. Distribuiré mis riquezas, caminaré tras el polvo de tus pies.

14 Respóndele Jesús: No ha nacido aquel cuyos pies no conduzcan sino a la muerte. Distribuye tus bienes, y cami­naremos juntos hasta las puertas de la ciudad; mas he ahí que tomarás por un camino y yo por otro.

15 Porque escrito está que el hombre camine solo, y ningún hombre puede hacer el camino de otro. Solitario le pa­rió su madre; solitario entrará en la se­pultura.

16 Entonces el hombre palideció, di­ciendo: Si vagare solo, ¿quién responde­rá de mí?

17 Dícele Jesús: ¿Quién responderá por ti en el día de la muerte? Porque, ciertamente, cuando invocares a tu pro­pia sombra, ella no estará contigo.

18 El hombre caminará solo, porque el corredor de la vida es angosto, como anillo de desposada. Permanecerá soli­tario como en el primer día.

19 Uno hubo que fue sacrificado por amor a los hombres, y murió como ele­fante alejado de la manada.

20 Comprendió el hombre las palabras de Jesús, y dijo: Maestro, a la caída del sol, te esperaré junto a esta piedra.

21 Entonces el hombre distribuyó sus riquezas entre los pobres y los débiles de corazón, y esperó a Jesús junto a la piedra.

22 Y quienes miraban los ojos del hombre decían: Ciertamente está loco.

23 Tomole entonces Jesús de la mano, y atravesaron la ciudad de los hombres en silencio.

24 Y cuando hubieron llegado a las puertas de la ciudad, preguntole Jesús: ¿Cuál es tu camino? Y había uno a la derecha y otro a la izquierda.

25 Y alzando su rostro, el hombre dijo: De cierto, tú eres el camino.

26 Bajó la cabeza Jesús, y sonrió tris­temente. Y Jesús no había sonreído en mucho tiempo. Y he ahí que había una charca a sus pies, y el rostro de Jesús estaba reflejado en la charca. Y el hombre puso los ojos en ella, y vio el rostro de Jesús, como en el pozo.

27 Y el rostro de Jesús de nuevo cru­zaba los abismos, hasta el otro lado del mundo: Pero su rostro estaba rodeado de fuego.

28 Entonces el hombre dijo en voz ba­ja: Maestro, en adelante no estaré solo. Y esto dijo porque el rostro de Jesús estaba en las charcas del camino.

29 Respondiole Jesús: Nos veremos de nuevo. Y pasó su mano por el rostro del hombre.

30 Entonces el hombre echó a andar con los brazos abiertos. Y sus ojos esta­ban fijos, como ojos de moribundo. Y los rapaces arrojábanle piedras al rostro.

31 Mas su rostro irradiaba como an­torcha en medio de la noche.

32 Y el hombre no oía el mugido del mar, ni la risa de la hiena que pasaba a su lado buscando la carroña.

XIV

REPRESENTÁBASE el Drama Sacro en el Gran País.

2 Y estaban reunidos los jorobados, y los mudos, y los tuertos, y los mansos de corazón de las naciones vecinas; y esta­ban los gentiles, y los adoradores de la religión de sus antepasados.

3 Y la turba quería ver cómo caía la sangre del Mesías de nuevo.

4 De África, de Asia y de América, y de las islas perdidas en los antiguos mares, llegaban los peregrinos a presenciar la matanza del Señor.

5 Y de España, La Oscura, llegaban los toreros, desgarrando sus rodillas en los caminos.

6 Y Jesús habíase mezclado a la mul­titud, a los pescadores y mujeres del pecado, con ojos como arcanos de color violeta.

7 Y el primer actor echábase albayal­a bajo los ojos, y sus manos eran amarillas, como la mano temblorosa de la d­esposada. Y era afeminado de corazón, y representaba a Jesús en la farsa sagrada.

8 Acercose entonces Jesús y díjole: ¿A quién representas en esta obra de sangre? Acaso a algún pontífice herido por la palidez de ocultos placeres?

9 Replicole el actor: ¿No has mirado mi rostro? Soy Jesús, el Crucificado. Ve­rás como agonizo en la cruz. Y guiñando un ojo ­llamó a gran voz: Eloi, Eloi, ¿lama sabachthani?, que quería decir “Padre, padre, ¿porqué me habéis desamparado?”

10 Rió entonces el actor, y señalando una botella de dulce vino, dijo a Jesús: Ese es mi vinagre, y beberlo he hasta la última gota. Y junto al vino había una esponja, de las que usan las cortesanas para acariciar su cuerpo desnudo.

11 Y cerca de Jesús estaba un soldado, que representaba a Longino, el cual debía romper el pecho del crucificado. Mas, habiendo clavado Jesús en él sus ojos, estremeciose, y quedó derribado en el suelo.

12 He ahí, entonces, que el empresa­rio comenzó a dar grandes voces, di­ciendo: ¡Echemos cenizas sobre nues­tros cabellos! ¿Quién reemplazará a Longino en la ficción terrible? He ahí que un mal extraño ha caído sobre su corazón.

13 Dijo entonces Jesús: Vagabundo fui, y actor de un drama semejante an­taño. Y diciendo esto, tomó la lanza de manos de Longino.

14 Entonces el primer actor subió al escenario, y fue azotado, y escarnecido, y coronado de espinas, mas su cráneo estaba protegido por una vejiga de ani­mal viejo. Y el actor fue alzado sobre la cruz, entre grandes clamores. Y los velos del escenario agitáronse, pues enor­me tormenta anticipábase sobre la tie­rra. Y el actor prepárabase a dar una gran voz, pues debía rendir el espíritu.

15 Entonces avanzó Jesús, y arrojando la lanza perforó el costado del actor, di­ciendo: Bribón, ¿así representas el dra­ma del Hombre?

16 Y del costado del actor, no brotó agua, sino sangre, sangre negra, inun­dando el rostro de los circunstantes.

17 Entonces escuchóse un terrible cla­mor que descendía de la cruz, y parecía subir del fondo de los siglos: Padre, pa­dre, ¿por qué me habéis desamparado?

18 Y conturbose la multitud, la cual decía: Ciertamente, grande actor es. Y esto decía porque en verdad había en­tregado el espíritu.

19 Gritó entonces Jesús a la multitud reunida: ¿Quién que buscó la verdad no rindió el espíritu?

20 Mas he ahí que la turba comenzó a dar voces, diciendo: ¡Al asesino! ¡Al asesino! E indicaba a Jesús.

21 Y dijo Jesús: ¿No debía morir? Pues ya está muerto.

22 Hubo uno antaño que murió en la cruz, y fue objeto de burla, mas aca­bó la hora de la mofa.

23 Pero el actor fue grande aquella vez.

24 Y Jesús fue apedreado.

XV

HE AHÍ que un pordiosero clama­ba a gran voz en el bulevar de los gen­tiles.

2 Y los dedos de sus pies eran rojos, y eran deformes como el maíz reventado en la ceniza.

3 Y tenía los ojos oscuros, como pája­ros muertos, y había mucha adversidad en los estigmas de su rostro.

4 Y el hombre era joven, mas tenía la diestra extendida como árbol viejo.

5 Volviéndose entonces Jesús, golpeó la diestra del pordiosero, y hubo gran estupor entre las gentes.

6 Pregúntale Jesús: ¿Así defiendes tu vida? Y volviendo la espalda comenzó a mirar una gran piedra, diciendo: A esta piedra hablaré, porque, ciertamente, an­tes se gastará la boca que el oído del sordo.

7 Como el mendigo mostrase la mano, la turba comenzó a murmurar contra Jesús; mas Jesús permaneció inmóvil. Y los hombros de Jesús eran anchos y fuertes, como río sobre la sementera.

8 Entonces habló a la turba, y dijo: ¿No atacáis, corderos?

9 Y como nadie se moviese, habló Je­sús, diciendo: De verdad, de verdad, an­tes entrará a mi reino el más hirsuto de la manada que la oveja del rebaño, porque mi reino cambió en el agua del tiempo.

10 Pues he ahí que la sal de la tierra fue hollada con escándalo.

11 Y mostrando una gran multitud que estaba humillada sobre las piedras del camino, dijo: Grandes bestias holla­ron el corazón de la multitud, y no hay incienso que ahogue el hedor de sus ex­tremidades.

12 Miraba la turba a Jesús sin com­prender, y uno que era tuerto, dijo: No hay ahora bestias en la Gran Ciudad.

13 Dícele Jesús: A fe de tuerto que no ves sino la mitad de lo que dices.

14 Y aconteció que en aquel momento descendió de una carroza el Jefe de la Gran Ciudad, el cual era grueso, como cetáceo marino, y cuatro mujeres soste­nían su vientre y sus muslos.

15 Y el Jefe de la Gran Ciudad avanzó sobre la turba, tapándose las narices, y diciendo: Paso, hermanos míos, paso al Jefe de la Gran Ciudad.

16 Y señalando al pordiosero, dijo: ¡Cuán hermosos son tus pies, hermano mío!

17 Y poniendo una moneda de cobre en la mano sana del pordiosero, díjole: La felicidad sea contigo.

18 Y dijo el tuerto: He ahí un varón justo.

19 Y otro dijo: Ciertamente, su cora­zón es tan grande como su vientre.

20 Y otro: Bienaventurada la teta de la que succionó cuando niño. Entonces la turba cantó un himno loando al Jefe de la Gran Ciudad. Mas Jesús perma­neció en silencio.

21 Dijo de pronto Jesús: Sólo legañas hay en vuestros ojos.

22 Como le mirasen atónitos, díceles: Cual rameras sois; oís el ruido de la mo­neda, mas permanecéis sordos al trueno de la tempestad.

23 He ahí que la Gran Bestia ha pasa­do entre vosotros, y no la reconocéis.

24 Entonces uno levantó la voz, dicien­do: De oro es su corazón; mas tú hablas como los profetas negros, y en tu boca hay procacidad.

25 Dícele Jesús: El oro fue acaparado por César, y ahora es cuervo en el pe­cho de los señores. Y como le mirase in­crédulo, entregole un cuchillo, diciendo: Toma, y ve.

26 Dijo el hombre: Uno hubo llamado Jesús, y fue muerto. ¿Cómo habría de matar a mi hermano?

27 Dícele Jesús: De verdad, de verdad, tú también estás muerto, pues la mano que no es capaz de herir al pájaro car­nicero, nació seca, y es como balandro sin tripulación.

28 Entonces el hombre caminó como dormido, e hirió en el pecho al Jefe de la Gran Ciudad, clamando: Caiga su sangre sobre mi cabeza. Y el rostro del Jefe de la Gran Ciudad tornose negro como caja funeraria.

29 Y como el hombre buscase en su pecho su corazón, y nada hallase, excla­mó Jesús: ¿Sólo arena hay en ese lava­dero?

30 Dijo el buscador: He aquí que una sombra se ha ceñido a mi mano, y sa­cando su mano de entre las entrañas del hombre, mostró un ave negra, como las aves que viajan en la noche.

31 Entonces dijo Jesús: Maldito el que ve y no cree, pues grandes cosas se ave­cinan en el mundo. Y tomando el cuer­vo que vivía en las entrañas del Jefe de la Gran Ciudad, lo puso bajo sus pies, diciendo: Aquel que no se alzare contra el amo duro, sólo escribirá su epitafio en la arena.

32 Más le valiera entrar de nuevo en la matriz de la que le parió para que vi­va escondido de los hombres.

33 Y tocando la mano del mendigo, sanole, diciendo: Lo que hago, deshago, no por voluntad de mi Padre, sino mía.

34 Y la mano del mendigo resplande­ció por primera vez.

XVI

ACONTECIÓ que aquella noche des­cendió Jesús al Valle de los Borrachos. Los cantos del vino ensombrecían su co­razón, y su corazón estaba triste aquella noche.

2 Y había uno, entre ellos, que había cortado la oreja a su amigo, y arrojado la había en la copa bermeja.

3 Y dijo Jesús: La paz sea con voso­tros, Hijos del Vino.

4 Dijo el borracho: Al parecer esta ore­ja no oye. Y alargó el vaso a Jesús, di­ciendo: Bebe.

5 Respondió Jesús: Bueno es que el hombre beba, porque hace siglos que va­ga solitario detrás de su alma; el hom­bre y su alma distanciáronse como ca­mellos en desiertos de tormenta.

6 Y el alma fuele extraña y dio alari­dos en la noche.

7 Extraviose, como pájaro bajo la nieve.

8 Interrumpiole el borracho, diciendo: Nunca vi ese pájaro de que hablas.

9 Respondiole Jesús: De verdad, de ver­dad, ningún ave ha volado más lejos de su nido que el corazón del hombre.

10 Porque entre el hombre y su cora­zón pusieron distancia, como entre el leproso y la joven desposada.

11 Preguntó el borracho: ¿Quién sepa­ró al hombre de su alma? ¿No está aca­so dentro del hombre, como el vino den­tro de esta copa? Y el borracho no en­tendía las palabras de Jesús.

12 Dijo Jesús: Todo se interpone entre la criatura y su espíritu. Manadas de fieras hay entre ellos.

13 Has bebido en exceso, dijo el borra­cho, mirando por vez primera a Jesús, mas Jesús sonrió, diciendo: Por un tro­zo de pan el hombre llagó a su hermano, quemó su casa, emputeció a sus donce­llas. Su vientre creció como caverna marina.

14 Y la leche de sus mujeres tornose agria, como rostro de carcelero.

15 Sangró el ojo de la justicia.

16 Porque el poderoso endureció su rostro contra su hermano, llueve ceni­zas en los valles de la tierra, pues escri­to está que el que humilla a un solo hombre, humilla a toda la especie.

17 Y el que quemare una sola semilla, incendiará el granero.

18 Y el hombre persiguió a su herma­no; le dejó vagar como huérfano. Los parásitos multiplicáronse sobre su piel como cerezas.

19 Paria es, vagabundo entre las rocas.

20 Por eso su alma está lejos, como lu­cero en la noche húmeda, y bebe del vino rojo, porque el vino acorta la dis­tancia entre el hombre y su estrella. Así habló Jesús.

21 Púsose entonces de pie el beodo, y dijo: De verdad, hermano, hay sabidu­ría en tus palabras, y tus palabras tur­ban mi corazón más que el vino de la noche. Y levantando la copa, inundó con el vino su rostro.

22 Entonces Jesús guardó silencio, mas, entristeciéndose de pronto, dijo al borracho: Dame un poco de tu vino; mi estrella está lejos de mí esta noche.

XVII

HABIENDO ocurrido estas cosas, Je­sús ascendió al Monte, llamado de la Calavera. Y era de noche en el mundo de los vivos y los muertos.

2 Y Jesús estaba solitario, como los puentes bajo la tormenta.

3 Y he ahí que Jesús tropezó con la sombra de Pedro, y Pedro dormía y alzó los ojos y escuchose la voz de Pedro di­ciendo: ¿Quién va? Y Pedro tenía un puñal en la mano.

4 Respondiole Jesús: Yo soy. ¿No me conoces?

5 Dijo Pedro: Te pareces a uno que antaño conocí, pero está muerto. Y en­volviéndose en su túnica echose sobre la tierra.

6 Tocole en el hombro Jesús, y díjo­le: ¿Dónde están los otros? ¿Nadie vela en el Monte? Mas Pedro pareció no en­tender, y estaba como muerto o dor­mido.

7 Dijo entonces Jesús en su corazón: Ciertamente, nadie hay en este paraje, y de verdad, de verdad, es culpa del lobo el andar solo, que no de la manada. En­tonces el rostro de Jesús comenzó a ma­nar sangre, y apareció una visión sobre sus ojos.

8 He ahí que millones de carneros en­sombrecían los astros de la noche, y eran sus rostros como rostros de hom­bres, y sus frentes oscuras como el léga­mo de los valles. Y cada rostro se humi­llaba hasta tocar el horizonte. Y había una gran voz en la tiniebla, la cual cla­maba: El que como gusano se humillare, será ensalzado, y sobrevivirá en mi rei­no a la piedra.

9 Y los carneros jadeaban, porque el clamor venía del Padre.

10 Dijo entonces Jesús, dirigiéndose al Padre: Ya ti, ¿quién te humilla? Y esto decía porque la voz del Padre caía so­bre los riscos, con soberbia.

11 Así que hubo hablado, oyose una carcajada en los cielos, y dijo el Padre mostrando a Jesús: ¡He ahí a mi Hijo, he ahí al Cristo Negro! Y diciendo esto escupió sobre la frente de Jesús.

12 Y dijo el Padre: No escuchó mi voz, se alejó de mi aliento, y ahora es sólo grano de mostaza en el camino. Y los carneros inclinaban la cerviz, hasta to­car el fondo de la gehenna, porque la palabra del Padre tenía potestad sobre los carneros.

13 Y los carneros, escupieron sobre Je­sús, y cantaron loas al Padre, el cual di­jo: De entre mis muslos salió, y ahora vaga como perro de albañal en el monte.

14 Le mandé que se humillase, mas se ensoberbeció; mandele que se tronchase como rama seca, mas he ahí que sacó pecho, y predicó rebelión sobre la tierra.

15 Respóndele Jesús: Antaño me hu­millé, colgado fui entre ladrones. Y te llamé “Eloi, Eloi”, y fuiste sordo como oreja de muerto bajo el agua. Nuestros caminos se separaron, como fauces de cocodrilo.

16 Esto que hubo dicho, encendiose el rostro del Padre, entre llamaradas, co­mo en los primitivos tiempos, y cerrán­dose entonces el firmamento de súbito, como un gran libro, oscureciose la vi­sión. Ocurrido lo cual Jesús subió a la cima del Monte.

17 Y en la cima del Monte encontró a Judas, que había permanecido despierto dos mil años, y vivido en las cuevas de la tierra. Y sus ojos habíanse tornado redondos, como los ojos de las aves tris­tes de la noche.

18 Al ver a Jesús reconociole y díjole: ¡Maestro! Y habló Judas, diciendo: Es­peré veinte mil lunas para que subieses al Monte de nuevo.

19 Y he ahí que Judas tenia una mano de plata, como los peces que pueblan las aguas del mar.

20 Mas como su mano estuviese fría como la muerte, dícele Jesús: De cierto, Judas, no te calentaron los denarios.

21 Dijo Judas: Estoy solo como los mo­ribundos; mi sombra alejose de mí como humo que se aparta de la hoguera. He ahí que hasta las bestias de la montaña tienen su sombra, mas yo permanezco solitario en las cavernas de la tierra.

22 Y lloró Judas, pidiendo a Jesús que le devolviese su sombra.

23 Y dijo Jesús: ¿Por qué ha de llorar el hombre por su sombra? ¿Y qué pue­do devolverle al hombre sino su sombra?

24 Y he ahí que la sombra de Judas comenzó a crecer sobre el monte, y extendiosee sobre la ciudad, hasta cuaren­ta estadios, más allá de los ojos.

25 Entonces habló Jesús, diciendo: De cierto, de cierto te digo, hijo de la som­bra, día vendrá en que no haya sino luz sobre la tierra negra. Porque hasta las cavidades de la tierra serán como el oro que adornó el pecho de las mujeres de antaño. El hombre ya no vagará como animal solo.

26 Y no habrá mío ni tuyo en el Gran Valle; el sol palidecerá ante los frutos que advienen.

27 Y la progenie de Judas será arroja­da al mar, con piedra de tahona atada a su cuello, y todos los denarios de la tierra no bastarán para comprar el co­razón de un solo hombre. Los hermanos estarán junto a los hermanos; serán co­mo roca en el mar adverso.

28 Dícele Judas: Señor, Señor, ¿me se­rá dable verte ese día?

29 Respondiole Jesús: De cierto, de cierto, si volviese no me reconocerías, porque ¿quién vuelve y es el mismo? Seré el que vendiste, y el que no podrá ya ser vendido.

30 Porque, de verdad, nadie caminó de nuevo por la misma senda, ni besó a la misma mujer dos veces. ¿Cómo podrá el Hijo del Hombre ser reconocido? Ayer fue cordero; mañana será león en la espesura.

31 Porque la mano que se extendió para bendecir, reaparecerá armada; y no dejará hueso sobre hueso, ni tendón sobre tendón sin ser desgarrado, porque se acerca el día de la justicia.

32 Y diciendo esto, Jesús volvió la espalda a la ciudad, y transpuso el Monte del lado en que el sol ascendía.


    Una Respuesta

    1. Taylor Lautner
      Mayo 2, 2010

      Yo, literalmente, debía salir y aún más por no hablar de dejar de perder una gran cantidad de horas diurnas en la red desde hace un tiempo, y he sido incapaz en vista de esto. Incluso aunque no pueda declarar que esté cien por cien de acuerdo con todas y cada una de las expresiones, es relajante echar una mirada por encima de algunos escritos inteligentes que desentierro como un sustituto del familiar spam volando alrededor de Internet.

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